14 jul 2015

Todo empezó con el quiebre de mi fortaleza al verte caer. He pensado que quizás saber sobre tu tan profunda tristeza me hizo recordar que yo estaba hecha de la misma madera, que siempre había sido así.
Tuve miedo, la cama absorbió mil penas y miedos de perderte y perderme en el mismo viaje.
Te dejé ir. Mi fuerza para soportar el dolor se había ido ya muy lejos. Finalmente tuve que encontrarme conmigo misma porque era todo lo que me quedaba.
No voy a mentir, los espejos me destrozaron más que nunca, y usé esos mismos pedazos para liberar un poco al monstruoso ser en el que me había convertido. A veces más superficial, otras más profundo.
Llegó el día en el que volviste y me encontraste enredada en sábanas, lágrimas y vidrios rotos. Mi ser estaba roto. Destrozado. Hecho trizas en el piso. No creo jamás poder volver a perderme así.
Volvimos al camino de la pseudocordura y vamos una empujando a la otra para seguir. Tropezaremos con algunas piedras, sí. Pero nada, nada de nada, va a hacernos caer al suelo.