17 nov 2010

Viaje eterno.

Ya nada podía hacerla sentir bien, necesitaba su calor, regocijarse en sus brazos y allí dormirse sabiendo que el Mundo era suyo.
Ahora su cama era su hogar, su fiel compañera de pensamientos, su nido. No lloraba. Un tremendo dolor atravesaba el interior de cada hueso y la hacía retorcerse; subía por su pecho, haciendo de él una piedra; llegaba hasta su piel como una tormenta de ladrillos... y en ese momento quedaba hecha polvo junto a su esqueleto.