24 dic 2010

De nuevo, Sol.

Día 2:
La cama era su hogar. Las sábanas tan acogedoras como la propia madre que nunca tuvo. Le gustaba imaginarse cómo habría sido tener a una mujer a su lado que la peinara, que le cocinara, que la amara, que la cuidara a cada momento de su vida, que le hiciera saber que el Mundo no era vacío y sin sentido. “Una madre lo es todo”, pensaba. Ella era nada porque su madre era imaginaria.
Se había criado entre autitos de juguete y botellas de alcohol. Dentro de todo no había sido tan malo, por lo menos eso había reforzado su futuro para saber que los hombres no eran su motivo de vivir, ni lo serían jamás. Se sentía orgullosa de haberse ido de casa tan pronto para no sentir más esos golpes de realidad que la bajan de su nube de drogas a sus pequeños 14 y 15 años. Al año siguiente había conocido a esta chica que decía quererla, Marlene, quien la llevó a su casa un día de lluvia y le hizo el amor como quien le hace la merienda a un niño. Durante un tiempo estuvo en ese hogar con esa cálida chica, sin decir una sola palabra, se sentía como un cachorro a quien debían cuidar. Pero sus agallas para enfrentar el Mundo seguían allí, y las usó para escaparse sin aún pronunciar palabra.
Se sentía orgullosa, sobre todo, por haber encontrado un sustento de vida y tener todo lo que hoy en día tenía… Un apartamento bien amueblado, siempre una botella de vino tinto en la heladera, una cama cómoda y un alma que deseaba llenar sin saber cómo.