Un día decidí irme al sur, donde no había nada, excepto vos. Sabía que me faltarían un montón de cosas, sin las cuales casi nadie podría vivir, pero poco me importó.
Llegué y estabas tirado en un sillón exclamando tu tristeza de estar allí. Ya conocía tu ser, así que inventé un juego para distraerte de tu estado. Vos fingirías que me querías y yo sería estúpidamente feliz. Me divertí y vos también. Pero necesitabas algo más, quién sabe qué, y yo no pude dártelo.
Pisoteaste mis manos una y otra vez por haber dejado de intentar encontrar tu felicidad. Así que volví a casa, vendé mis huesos rotos, barrí y lavé mi pieza, y descansé un buen rato. Cuando me levanté, estaba todo sucio nuevamente. Volví a limpiar. Así hasta el cansancio...
Y por fin entendí que eran tus restos de basura los que volvían mágicamente a molestarme.