3 feb 2015

Agonizan en el cajón los balbuceos
de un amor sin manos, sin pies ni cabeza.
Hasta en el silencio retumban
los crujidos de la piel seca resquebrajándose.
A lo lejos puedo escuchar el fúnebre latir
de tanta necesidad...

Me voy, invisible, a aquel cuarto sin cama
donde vengo durmiendo hace años.
La cabeza descansa nauseabunda
y retiene el vómito
de una cena en mal estado.

Todo lo que puedo decir
ya está dicho en tus breves labios.
No hay más que aceptar
que un centenar de noches
de silencio ruidoso.