Abro la cajita mágica.
Dentro de ella hay salvación.
La miro como si fuese un tesoro encontrado
pero no es más que un escondite de caramelos.
La cierro con calma.
Sé que parte de mi paz allí se encuentra.
Degusto el primer trozo de pastilla
y me levanto con una suave sensación en las papilas.
Pueden decir que estoy loca,
pueden susurrarlo a otros oídos.
Pueden pensar que no es verdad su efecto,
a veces también lo dudo.
Pero mi cajita no me ha dejado caer de la cuerda
más de una vez
y eso es complejo.
Así que en la tarde camino segura
por la calle de Mdeo.,
sé que mi cabeza admira la calma.
Y cuando la noche cae
nuevamente saboreo la dulce picazón en la lengua
que me regala un poco de sueño.