18 jun 2015

Una fuerte cachetada de realidad
cuando veo al hombre tirado en el asfalto
durmiendo, tapado apenas con un cartón.

Y mis ojos se empañan y no hago nada
más que bajarme del ómnibus
y mirar hacia otro lado
para que no duela tanto.

Y a él le duelen hasta las uñas
porque seguramente su juventud
estuvo hecha de trapos sucios,
de heridas mal hechas que nunca cicatrizaron
en su sien.

Y él se levanta apenas el Sol
obsequia un rayo.
Junta sus bolsas y comienza la caminata diaria
con los poros obstruidos de un poco de barro y polvo.

Y la ciudad lo absorbe entre mil miradas ciegas
porque hace años se convirtió en uno más
de los invisibles.