Aprendí un día que la filosofía me retuerce el estómago.
Porque no, no sé morir en un punto fijo, tengo la asquerosa necesidad de seguir y seguir hasta donde la vida no es más que un paredón de mármol que sólo espera mi cabeza golpear.
Me siento en la silla y giro cantando saludos matutinos. Allí cerca me refugio en tareas y teléfonos y bandejas con tazas.
Y entonces llega la tarde y tic tac, tic tac.